Noche de San Juan

Soñó estar viéndose a vuelo de mariposa en la habitación del Motel “La Jibarita”, ocupando el hueco desordenado del colchón y al hombre, de quien no quiso saber su nombre, estando sin estar dándole la espalda. Se soñó boca arriba llevando un camisón corto, seda verde sometida al imperativo categórico de la gravedad, sensualizando el vientre, los pechos breves e intensos y la curva axilar del brazo tendido hacia atrás, sujetando uno de los tubos metálicos del cabecero como si temiera soltarlo y, al hacerlo, perderse en la cruda realidad. Vio a la mujer madura desde la peculiar altura del ventilador, tomando conciencia del paisaje interior con la frialdad analítica del pintor ante el lienzo en blanco (dotar la imagen de perspectiva aérea para intensificar el efecto de inquietud, a su derecha, sobre la esquemática mesilla de noche, a los pies de la lamparilla, dos envoltorios de condones abiertos con prisa, a su izquierda sábanas arremolinadas separándola del otro cuerpo -mejor así pues no quiere volver a tocarlo-, un zapato rojo de mujer asoma bajo el piecero; dominan los grises, oscuros azules, el verde boscoso de la prenda y la luz de luna llena resaltando los cabellos, dramatizando la endiablada carnosidad de los labios, desdibujados del carmín por el azaroso encuentro, otorgando gracia a los pómulos, perfilando un pensamiento). Los ojos abiertos perdidos en la inmensidad del techo -o quizá mirándose a si misma en el rostro del insecto, abocado a perder la existencia por la infructuosa e innegable atracción hacia las bombillas. Reparó una vez más en el pelo rubio esparcido sobre la almohada. Es una peluca, ella lo sabe porque soy yo misma, razona en el sueño, y le asombra el agarre perfecto al cráneo, aunque no debería, después de todo fueron las afeminadas manos de Moliere las que se la pusieron, y su peluquero será muchas cosas, pero a profesional no hay quien le gane. La cortina a medio echar cabecea a desgana, y es que en esta época del año el calor es garrote vil en San Juan. Contactó con el puertorriqueño en la barra de El Batey, ella bebe un mojito, en la máquina suena otro éxito de Count Basie, turistas y lugareños se mezclan en extraña armonía, todos buscan algo y Maggie no era una excepción. Eligió el nombre en honor a la actriz Maggie Smith. Para su sorpresa, él también la conocía. Como la actriz, apuntó cuando ella se presentó, Tomaré lo mismo que la dama, dijo al camarero antes de continuar con la conversación, Me entusiasma su interpretación en “Los mejores años de Miss Brodie”, del sesenta y siete creo; Sesenta y nueve, corrigió Maggie, Me sorprende tanto conocimiento en alguien tan joven, añadió mirando de frente el rostro limpio, bronceado y de sonrisa abierta (demasiado sincera, pensó ella); Voy a ser actor y de las buenas películas siempre se aprende, explicó el aspirante a galán guiñando un ojo; ¿Actor, eh?, respondió ella mirándolo sin disimulo, Percha hay según parece -quería poner en práctica un consejo de Moliere: “Querida, hazme caso, para pescar un besugo alimenta su ego… a mí nunca me falla”-; Un poco de surf, un poco de running, un poco de… bueno ya sabes, se insinuó encogiendo la nariz con estudiada armonía seductora. Ella desvió la vista al cristal húmedo del mojito y, congelando la sonrisa de mujer solitaria, por no gritarle pensó “por el amor de dios menudo imbécil” antes de volver a encararlo entreabriendo la flor encarnada de los labios, dispuesta a dejarse seducir una vez más para saciar el ardor irrefrenable de las entrañas. Por cierto, me llamo…, quiso presentarse él, pero la mujer se lo impidió poniéndole el índice y el corazón sobre los labios, negando con la cabeza. Terminaron alquilando esta habitación con vistas a la calle de pronunciada pendiente. El aspirante a galán no la decepcionó, se portó como lo que era: un auténtico garrulo maltratador, egoísta y falto de imaginación. A través de la ventana, por la calle estrecha rodaron jadeos, traqueteo de somier y aspavientos hasta las ennegrecidas aguas del puerto pesquero. Maggie yace entregada al íntimo placer de la digestión, los ojos abiertos perdidos en la inmensidad del techo. Ruido en las escaleras (hora de irse). Dos hombres armados hasta los dientes tiran abajo la puerta (demasiado tarde muñecos, piensa la limníade). En la cama el cuerpo sin vida del hombre que venían a detener, junto a él una peluca rubia. Por la ventana abierta de par en par, recortada contra el disco lunar, una polilla escapa a la noche eterna de los sueños.

BIOGRAFÍA DESDE BROWNSVILLE

En la radio de válvulas, más vieja que mi abuelo, la orquesta de Lionel Hampton interpreta “Flying Home”. Son las siete menos cuarto. Me gusta espiar por la casi inexistente ventana de la cocina mientras espero el gorgoteo de la cafetera. También me gusta esa emisora, doce horas ininterrumpidas de lo mejorcito del Jazz y el Blues de todos los tiempos. No tengo ni puta idea de cómo se llama el programa, ni falta que hace. Todos los días empieza a emitir a las seis en punto de la mañana, una canción tras otra con un leve impasse entre ellas, y así hasta las seis en punto de la tarde. Nunca se retrasa ni prolonga la emisión un solo minuto. Y lo mejor de todo, nunca, jamás, interviene locutor que valga. Hace años, movido por la curiosidad intenté averiguar desde donde se radiaba. Estoy hablando de cuando me invadía la gozosa inquietud de los veintipico, desde entonces han pasado casi treinta. En valde. De hecho, nadie parecía conocerla, ni siquiera el viejo wixárica, cuyo parecido con el maestro Yoda resultaba enternecedor y que siempre se sentaba a la puerta del taller donde solía llevar mi camioneta, dos cuadras más abajo. Cuando le pregunté se rascó la nuca, meditó largo rato como si estuviese rebuscando en los cajones destartalados de su memoria (o simplemente se quedó traspuesto, no lo descarto), proyectó un escupitajo de tabaco a la acera, murmuró algo en su lengua que no pude comprender, me regaló una sonrisa desdentada haciendo añicos la magia de las galaxias, y clavándome con desconcertante intensidad sus ojos diluidos por la ceguera por toda respuesta se encogió de hombros. Si él, que por aquel entonces rondaba el siglo de vida, no tenía ni idea, difícilmente nadie lo sabría. Mi primera relación de raigambre no estrictamente onanista tenía conocidos en la Radio Estatal, Dora se llamaba, hizo averiguaciones, o eso me dijo, y nada. Nos veíamos dos tardes por semana en mi apartamento, mientras sus gemelos recibían clases particulares de piano en el edificio de enfrente. Hablábamos poco, lo nuestro era sexo sin limitaciones. No tengo ni idea del porqué, pero temblaba de placer cuando Billie Holiday cantaba “Body and Soul” y me pedía más de lo que estuviera haciéndole en ese momento poniendo a prueba la resistencia de su joven semental. Y lloraba con Glenn Miller, sobre todo cuando las ondas de la radio hacían vibrar el “Moonlight Serenade”. Ella disfrutaba enseñándome con Cab Calloway todo lo que, como abnegada y ejemplar ama de casa, no recibía en el lecho conyugal y yo, bueno, puedo jurar que, además de una resistencia ejemplar, adquirí conocimientos que no se aprenden en ninguna facultad. Lo pasamos bien durante medio año, después simplemente desapareció. Según tengo entendido destinaron al marido a ultramar. La radio ya estaba cuando me mudé. Haga lo que le dé la gana con ese trasto, me dijo el casero el día que me entregó las llaves. Esa noche, después de colocar mis pocas pertenencias en los cajones, los libros de literatura en los estantes y la máquina de escribir en la mesa del salón (que ya pasó a mejor vida, la máquina no la mesa, aunque también está para el arrastre),  prendí mecha al aparato, se iluminó el dial, le subí el volumen, hice girar a derecha e izquierda la rueda estriada, gastada por vete tú a saber cuántos dedos, la aguja recorrió todo el espectro de números sin éxito. Del dinosaurio solo conseguí arrancar estática. Decidí tirarla al día siguiente. Pero no, a las seis en punto me despertó “Rhapsody in Blue” a todo volumen. Lo reconozco, casi me cago encima del susto. Desde entonces, siempre ha estado ahí, sobre el aparador. Ahora agasajada por los volúmenes y carpetas acumulados a lo largo de los años. Bueno, sí, y la botella de Jack sustituida con regularidad sintoísta. Hace una semana, el jueves, a eso de las cuatro y media, al ritmo de la guitarra de John Mayall, un golpe de viento se llevó bajo el mueble una cuartilla con lo que acababa de escribir. Al agacharme lo vi. El cable de la radio colgaba por detrás, pelado, sin vida, sin enchufe.

Desde entonces no salgo. Llamé al instituto para decirles que buscaran a otro profesor, que me iba de la ciudad. Intenté desconectarla. Imposible. Desde entonces escribo la biografía de mi vida y bebo café, litros de café para no dormir, la vigilo y miro por la ventana de la cocina. Esperando.

 

NUEVA YORK, 1975

Bruce Lindemayer volvió a estrujar la carta en el bolsillo del gabán. Se obstinaba en no reconocerlo -engañarse a si mismo siempre a sido una de sus mayores virtudes-, pero estaba como quien dice subiéndose por las paredes. Con la mano enguantada deslizó lo justo la manga del abrigo para echarle otro vistazo a la esfera del Oris, una revolución más del segundero y se le habrán consolidado sesenta minutos ante el edificio. Por fortuna para él, los fuertes vientos, antesala de los inminentes rejonazos del huracán Antígona, mantenían las calles prácticamente desiertas y, en consecuencia, ni los perros callejeros se fijaban en el tipo alto con sombrero de ala ancha, enfundado en negro, a ratos apoyado en el árbol del parque donde las ráfagas enredan los eslabones del columpio, a ratos fumando pitillos sin quitar la vista de encima al entramado gris de ventanas del otro lado de la carretera. Hará cosa de veinte minutos pasó un coche patrulla. Pero el de la placa tampoco reparó en nuestro hombre, ocupado como estaba voceando, con apremiante dedicación ciudadana, advertencias a la población en general del tipo ¡¡¡Permanezcan en sus casas!!! o ¡¡¡Mantengan la calma en todo momento!!! o (a cal y canto) ¡¡¡Cerrar puertas y ventanas!!!

Como si a la tal Antígona le importaran un zurullo las prevenciones de bichos tan insignificantes, masculló Bruce Lindemayer en un arrebato de cinismo -en los últimos tiempos, verbalizar los pensamientos se había convertido en otra de sus particulares parafilias. Aunque parezca absurdo, decir en voz alta lo que piensa, sin importarle dónde o con quién esté, le produce, como el mismo Bruce explicó al abnegado terapeuta, Un gustirrinín especial ahí abajo -. Ya iba siendo hora de tomar una decisión. Las ventoleras de lluvia fría, arrasando sin miramientos las bien formadas filas de coches aparcados desde más allá del final de la calle, comenzaban a metérsele en los huesos y, a su edad, eso era mala cosa. Además, estaba claro, hoy Magdalena no va a salir de su apartamento, el de las dos ventanas del tercero a la izquierda del portal a las que no quita ojo. Tiene las cortinas echadas y una luz -la del dormitorio- encendida. A pesar de la hora que es si ella decidiera pasar por delante vislumbraría el recorte difuso de su querida silueta -y, al menos, junto con los goterones apelmazados de las hombreras se sacudiría de encima la incerteza de si está o, por el contrario, si tras oír la poco promisoria previsión del tiempo huyó a casa de su hermana-. Se la podía imaginar con calcetines a rayas y piyama de felpa refugiada bajo el edredón de plumas o, lo más probable, abrigada hasta las cejas por si tenía que salir zumbando escaleras abajo, sentada en el que ella denomina con bastante razón su “sillón de lectura”-en realidad el único y no se sabe cuántas veces tapizado sillón de la casa, donde en mejores tiempos los flujos de ambos dejaron huellas difíciles de olvidar.

Otro wiski sin hielo -aventuró Lindemayer- y, en el regazo, tal vez al capullo degenerado de Bukowski por el que sientes desmedida admiración (yo casi diría que te pone cachonda), o igual ese libro de poesía decimonónica que compraste en nuestra última escapada a Europa y que, según tú, nunca encontrabas el momento adecuado para hincarle el diente. Haciendo hueco con las manos y encorvándose contra la insidia del tiempo encendió otro Lucky -el noveno si el recuento de colillas no nos falla-. Pegó una profunda calada, volvió a meterse la otra mano en el bolsillo, el de la carta arrugada a la que ahora acaricia casi con temor reverencial. En el bolsillo interior, del lado donde dicen los entendidos se reparte la sangre, pero, según ella, es El rincón obscuro y cálido de los sentimientos -recuerda él con un deje de amarga ternura cuándo se lo dijo, nosotros también estábamos, agazapados tras el galán, viendo sus cuerpos esforzados sudar en el ardor nocturno de Camagüey. Ella, que esa noche, como tantas otras que pasaron juntos, no hacía por su nombre honor a la seguidora del crucificado, cuando dejó de temblar con lujuriosa alegría, se tumbó sobre él y, como si retomara una conversación dejada a medias por causas de mayor injundia, puso su índice sobre el corazón de Bruce y, mirándolo a los ojos, le susurró eso de que Este es el rincón obscuro y cálido de los sentimientos-, y justo ahí, ahora mismo, luchando contra los exabruptos atmosféricos para mantenerse en pie, nota encima de la camisa la presión y el peso gélido del revolver.

La noche anterior Bruce Lindemayer no pegó ojo. Tenía muchas cosas en las que pensar, muchos temas que poner en orden. Escribió como casi nunca. Por primera vez en su vida dejó de lado la Remington y escribió de puño y letra. Estimó era lo más adecuado, dadas las circunstancias. De un tirón, con caligrafía digna de un borracho bien letrado, redactó el testamento, cinco folios a una cara que doblo pulcramente y metió en un sobre a la atención de “Mr. William Lindemayer, hermano y abogado”. La segunda misiva le costó mucho más. No quería mostrarse tierno, ni patético, ni exudar miedo ni, mucho menos, confesarle sentimientos que ya no iban a tener segundas partes. El resultado final -lo sabemos porque, en respetuoso silencio, también asistimos desde un rincón al mal trago de verlo enfrentarse a su destino-, fue justamente una carta endiabladamente tierna, patética, tintada de miedo por todos los minutos del resto de la vida de Magdalena que no podría compartir con ella y, sin necesidad de leer entre líneas, con una carga emocional difícil de leer sin que se te haga un nudo en la garganta. Quería romper con ella cara a cara y dejarle la carta escondida dentro de algún libro cogido al azar, y que fuera el azar quien decidiera si ella la encontraba o no. Después, mientras esperaba, se planteó la opción poco elegante de, simplemente, dejársela en el buzón. En esas estaba cuando sintió el peso del revolver comprado horas antes al amigo de un amigo de un amigo. A la mierda con todo, decidió en un arrebato sacando la bola de papel que había sido la carta. Antes de irse a hacer lo que debía salió de detrás del árbol y la tiró en la papelera, junto a la boca de riego.

Al amparo de la cortina, Magdalena mira la calle, ya no llueve, ahora cae granizo, un coche de la policía pasa despacio haciendo recomendaciones a la ciudadanía. Repara en la boca de riego roja de enfrente y en la papelera de metal que la acompaña. Alguien -algún idiota engabanado de negro al que le cuesta ponerse a resguardo del mal tiempo- tira algo a la papelera. Vuelve al calor del sillón, en la tele siguen hablando del huracán Eloise, la apaga, bebe un sorbo de wisky y recupera el grueso libro de la mesilla, primera edición desgastada de tanto leerla. Antes de abrirlo por donde lo había dejado reposa la vista en la cubierta -unas hojas que, a todas luces, vivieron la violencia ignominiosa de una mano, le sirven de marcador- y lee:

Poesía completa

de

Bruce Lindemayer

In memoriam
(1.928-1.973)

EL VIAJE

En medio del páramo de arenas húmedas, dicen, se alza una construcción muy chiquita, erigida antes del principio de los tiempos con maderos de buques naufragados en el quicial coralino de la playa. Es edificio simple de campanario estrecho en el eje de la fachada, tejado a dos aguas, puerta oval con signos ancestrales, vidrieras simétricas representando los martirios de las cinco tribus y marcos escrupulosamente labrados teñidos con el verde intenso de las barcas. Blanca hasta la exageración, cuando, cada treinta órbitas, los dos soles convergen en el mediodía, es visible y daña la vista a quien, desde los confines inacabados del mundo, se atreve a mirarla sin protección.

El viejo, cuyo nombre, tras ser elegido, no ha de ser pronunciado so pena de la más cruel y artesana de las condenas, orada con sus tres pares de pies desnudos la cubierta arenosa dejando tras de sí huellas sinuosas y profundas. Ahí permanecerán por espacio de tres generaciones, borradas cuando las aguas salobres manen de entre los poros de la tierra. El viejo inició tan largo viaje a poco de nacer, para eso fue engendrado. Ahora, a esta distancia, si la vista no le engaña, la construcción empieza a no ser una quimera. Entusiasmado, aligera el paso. Se deshace de la mochila, ya no le hará falta.

Cuando, por fin, llega al centro geométrico del planeta, cae de rodillas. Se deshace en lágrimas. Ante él se alza, blanquísimo, un túmulo de osamentas. Miles, millones de huesos apilados. Sólo entonces alcanza a comprender: todo es mentira, las tribus necesitan una razón para seguir existiendo y no destruirse unas a otras. No existe un mundo mejor más allá del hogar. Resignado, comienza a escalar la montaña de sus ancestros con la certeza de que, cuando, en la distancia, miren hacia aquí, creerán vislumbrar el triunfo de un viaje épico. Su proeza colmará los espíritus, su nombre será reverenciado y alentará nuevos ciclos de existencia.

[SIN TÍTULO]

Cienfuegos, casi gritó alborozado. Cienfuegos, Cienfuegos, ese es el título joder, repitió y maldijo dando gracias al cielo. Desbordando entusiasmo pueril saltó de la cama sin atender al frío del suelo, en un abrazo se cubrió con la sábana y medio arrastrándola medio trastabillando se sentó ante el portátil.

Mucho le había costado bautizar la obra. Casi la envía con un simple [SIN TÍTULO], no sería la primera vez, pero al editor no le gusta, según su jefe ese encabezamiento es imprescindible para atrapar al lector. Y si la gente compra nuestro periódico y pasa del relato dominical, muchacho, es tanto como decir que pasa de ti -le advirtió el jueves por la mañana apuntándolo con el puro entre los dedos-… en tal caso no me vales una mierda, ¿te queda claro? La historia, como siempre, fluyó de sus dedos con ligereza pero, como casi siempre, Se me atraganta encontrar el puñetero título -confesó en voz alta a la pantalla del HP-, pero esta vez el viejo gilipollas se va a tragar sus palabras junto con el apestoso cigarro.

A las tres treinta y cinco de la madrugada del sábado dio por concluido el escrito, título incluido. Lo releyó una vez más;(.) (P)por quincuagésima séptima vez alteró el orden de dos frases -siempre las mismas, esas que sin saber ni como ni porqué marcan el tono de todo el texto-, sustituyó el único punto y coma por un punto (prefiere evitar aquel signo de puntuación por considerarlo poco elegante), suprimió una coma, puso un acento en su sitio, volvió a poner la coma. Al fin, movido por el cansancio y no tanto por convicción -releer y corregir le suele llevar más tiempo que construir el relato- se dio por satisfecho y, conteniendo otro bostezo (éste seguro le hubiese desencajado la mandíbula), guardó la última modificación, entró en su outlook, tecleó la dirección de correo del periódico, adjuntó  texto y, en un click de ratón, envió el trabajo.

Durmió el resto de la noche envuelto en una espesa oscuridad de sueños. Soñó con el protagonista de Cienfuegos. Calvo, delgado, proclive a la depresión. Un tipo retraído, víctima de malos tratos en el hospicio donde aprendió las primeras letras. Se largó  la víspera de su trece avo cumpleaños. Durante meses los noticieros anduvieron informando del espantoso crimen de los cinco miembros de la orden religiosa que regentaban el orfanato. Nadie echó en falta al joven desaparecido, ni las autoridades en su incompetencia lo relacionaron con los crímenes. Soñó estar en su casa, años más tarde, acurrucado dentro de la alacena, viéndolo alimentar la ira con tanganazos de ron, escuchando soliloquios de un demente enfebrecido despotricando contra quienes se reían de él en el pueblo. Soñó -incapaz de despertar aunque lo intentó, en verdad lo intentó-, soñó ir tras él, arrastrado por él, camino del pueblo bajo un cielo limpio de luna llena y grillos tronando elegías. Entró en la taberna cuchillo en mano. Desatando una fuerza y agilidad insospechable en alguien de tan mísera complexión, se las ingenió para acabar de un tajo con el dueño (seboso hijoputa usurero), con la mujer del dueño (ahora no haces chanza de mis insinuaciones), y con los dos parroquianos (al viejo por estar donde no debía y al cura… a éste porque sí). Soñó ahogándose de angustia cuando el matarife se giró, ojos inyectados en puro placer, sonrisa endemoniada de dulcísima seducción e inocencia maldita, desastrado en sangre, clavando toda su atención en él espiando tras la ventana. Soñó que quería escapar y no podía moverse viendo desde el otro lado del cristal entumecido por el vaho como el ser avanzaba sin prisa hacia la puerta, limpiando el metal afilado contra la pernera del pantalón. Se soñó a si mismo queriendo escapar de locura tan real como fruto de su imaginación. Soñó hasta que la oscuridad inmisericorde envuelta en truenos lejanos se le derrumbó encima.

A las ocho y cinco lo despertó de un zarpazo no el beep-beep incisivo del móvil, sino el ruido torvo y acompasado proveniente de la puerta. Luchando contra la resaca y temblando desactivó la alarma. Se alzó del lecho empapado sin preocuparse por ocultar ni la desnudez erecta ni el cabreo -malestar sería forma vana de describir el gesto agrio y amenazante-. Aventuró el ojo a la mirilla, parpadeó luchando contra las legañas y la turbidez acuosa del cuerpo vítreo. Por fin, tras no pocos esfuerzos consiguió enfocar la imagen distorsionada del energúmeno que aporreaba sin tino la puerta de su apartamento.

Confundido, apoyó las manos contra la puerta para evitar caer bajo su propio peso.

Del otro lado, él, un tipo calvo, delgado, proclive a la depresión y respirando con dificultad por el esfuerzo alza la voz para ser oído. ABRE CABRÓN, SÉ QUE ESTAS AHÍ, ABRE, DÉJAME ENTRAR ANTES DE QUE NOS PILLEN.

Historia de R.

.1.

El bochorno insufrible del estío dejó de existir, literalmente, de la noche a la mañana. El jueves se anunció con una lluvia fina y fría, lánguida en el ritmo e inusualmente prieta, una de esas perturbaciones atmosféricas caídas sin avisar, de las que empapan y no te dejan ver más allá del pensamiento.

Entretanto, la viudez recién estrenada se abotona al cuello de R. con la inquina de una  talla infame cuando lo suyo es, de toda la vida, una doble equis ele. A regañadientes llegó a rumiar un duermevela intranquilo en otra larga, larguísima noche. Por la insidiosa boca de la ventana, huyendo del alba en busca del refugio imposible de los rincones, se cuelan los restos agónicos de la oscuridad con ráfagas de aire plomizo empapando las baldosas del suelo y la colcha arremolinada en torno al cuerpo derrotado. Le gustaría quedarse así, bocarriba cosido al colchón, mirando al infinito vacío del techo, tiritando hasta la extenuación y, por fin, en acto liberador, dejar de ser para arrancar el dolor de una vez por todas.

Pero no. Hace hoy veinte días, en la cama del hospital universitario -donde tampoco supieron refutar el teorema inextricable de su enfermedad-, aprovechando los últimos retales de conciencia, mirándolo con ojos tiernos (aunque vidriados por los excesos de la morfina pero aún así los mismos verdores que años atrás le habían arrebatado la cordura) Amalia se lo hizo prometer. Y él, pobre idiota, aceptó el compromiso de no cometer ninguna estupidez. Maldita sea tu estampa, qué coño se supone debo hacer con mi vida si ya no estas, murmuró con rabia a la soledad abrasadora. Por toda respuesta, el rin-rin del despertador le recordó que volvían a ser las cinco y media y, como si ella estuviese enredada en los sinsabores del clima, los dedos impertinentes del viento le salpicaron la cara haciéndolo bizquear.

 

.2.

Jueves.

El repiqueteo armonioso contra los cuatro cristales chiquitos abiertos a la trastienda de la gran ciudad siempre la hacen sonreír. Incluso ahora, boca abajo, abrasada a la almohada e intentando no zafarse del sueño, la invade esa felicidad genuina cuyos orígenes desconoce pero, a buen seguro, echan raíces en el humus blando del subconsciente.

La minúscula buhardilla donde vive apenas deja  sitio ni a la imaginación, pero aún así a estas cuatro paredes Anong las llama hogar desde el primer día (“Home sweet home”, pensó nada mas sentarse en el sofá-cama para tomar aliento tras subir a pulso la maleta los cinco tramos de escalera, y así reza el lindo cartelito de metal que colgó a la primera oportunidad en la entrada, a la vista del resto de los inquilinos de la planta). Hoy jueves hace nueve años y medio de la gran mudanza o, por seguir su léxico narrativo, De la huida del Agujero Negro -en alusión al pueblo castellano donde nació- cuyos habitantes gozan de una poco envidiable moral unidireccional.

Sin pedir permiso, la débil luz del móvil prendió la estancia anunciando con tono de Guitar Heaven que ya son las 05:30 y, por tanto, hora de levantarse para cumplir con el sacrosanto deber del trabajo. Hummm, rezongó dilatando la carne blanda de las fosas nasales, dejándose embaucar al calor de la manta por el aroma a humedad recién nacida colándose por las hendijas de la ventana. Arriba dormilona, se obligó calzándose las zapatillas de felpa y estirando con desmesura su elástica geometría.

 

.3.

Quince días más tarde, aún sin las predicciones meteorológicas del telediario, quedó claro incluso para el más abstruso de los humanos. Decididamente el otoño ha caído este año con energía borrascosa, pincelando la ciudad con la colorida entonación del romanticismo, regalando a las calles de común ariscas un tempo de obligado tráfico pausado y el compás sincopado de los limpiaparabrisas, bocinazos inútiles y hoscas intenciones de automovilistas malamente resignados.

R., movido por la imperiosa necesidad de abandonar el sudario de la rutina -sobretodo porque necesitaba aislarse de las miradas y comentarios bienintencionados de amistades y compañeros de la oficina de Correos donde trabaja (por fortuna, la poca familia por genética o política le pilla lejos)-, decidió retomar los estudios siguiendo el consejo de Amador, el delgaducho ciclista de fin de semana y dueño de la carnicería del barrio donde él y Amalia solían comprar: Aquí tienes, los mejores filetes del país y hazme caso, búscate un entretenimiento, algo para distraer la mente. Y como nunca se le dieron bien las manualidades, allá que fue a la facultad de ciencias para ver la posibilidad de matricularse en alguna asignatura.

“Vuelbo en cinco minutos”, rezaba el atentado ortográfico del folio sujetado con celo a la ventanilla de la secretaría. Resignado, miró alrededor sin saber bien que hacer. Dio otro vistazo al reloj (las cuatro y media, tres minutos más que la última vez y veinte respecto a cuando llegó), resopló y a punto estuvo de darse por vencido con un resignado “A la mierda, me largo“, pero la vista se le fue detrás de los chubasqueros chillones de dos estudiantes que subían corre que te corre las magnas escaleras del fondo y, como nada ni nadie se lo impedía, decidió seguir el mismo camino. Era eso o encerrarse en casa  a rumiar su desgracia.

 

.4.

En el laberinto de pasillos desiertos de la segunda planta -en cuyas paredes blancas los tablones de corcho ofrecían información de horarios de clases, fechas de exámenes, pisos de alquiler o fiestas de fin de semana- se repartían con matemática simetría las aulas. Se detuvo ante la puerta de la A-27 a echar un vistazo por el ventanuco circular. Solo veía cabezas atentas a las explicaciones del profesor. Con el mínimo ruido posible se coló en la clase y, arriba del todo y cerca de la puerta, ocupó el único sitio libre a su alcance, junto a uno de los estudiantes de impermeable escandaloso que lo miró de reojo.

En el encerado de notables dimensiones, a quince trincheras de distancia escalones abajo, con ágiles movimientos de muñeca el docente terminaba de escribir otra fórmula:

{\displaystyle i\hbar {\frac {\partial }{\partial t}}\Psi (\mathbf {r} ,t)=\left[{\frac {-\hbar ^{2}}{2\mu }}\nabla ^{2}+V(\mathbf {r} ,t)\right]\Psi (\mathbf {r} ,t)}

Y ésta es, dijo al tiempo que se daba la vuelta, la que, espero -matizó Anong mirando al cielo con elocuencia teatral y desatando algunas risas entre los alumnos-, a estas alturas todos sepan identificar como la ecuación de Schrödinger dependiente del tiempo no relativista para una partícula simple moviéndose en un campo eléctrico pero, ojo al dato -incidió apuntando al respetable con la tiza-, no en un campo magnético.

Ella siguió disertando largo y tendido pero R. ya no prestaba atención, no porque no supiese de qué estaba hablando, después de todo había dejado los estudios a siete asignaturas de acabar la carrera, sino porque se quedó literalmente prendado de la persona. De su melena negra y enmarañada como si estuviese en pelea constante con el hilo de sus abstracciones; de su cuerpo espigado e indefinido bajo el pulóver gris y los vaqueros descoloridos; de la forma en que se movía por el entarimado captando la atención de los presentes; de esa voz tan suya delicada e intensa de quien habla con pasión y sobrado conocimiento; de su cara falta de vitamina solar y sonrisa sin artificios cosméticos capaz de iluminar la más oscura de las cavernas platónicas; de su… Oye tío, la clase ya ha terminado, déjame pasar. La petición imperiosa y poco educada del vecino lo sacó del embobamiento lo justo para moverse en el asiento dando paso franco y pidiendo perdón. Todos salieron del aula como agua evacuada de un embalse, menos él que se quedó en el sitio, apurando la observación, viéndola hablar con dos alumnas que se le habían acercado mientras guardaba su portátil y cerraba el maletín de cuero.

 

.5.

Amalia, su Amalia, fue una mujer de bandera. Hermosa sin lugar a dudas, exuberante y coqueta como pocas y de una liviandad intelectual rayana en la ignorancia. Tanto es así que ni las amistades de ella ni los colegas de él terminaban de entender cómo habían terminado juntos. Macho, sois la versión moderna de la bella y la bestia, o, por dar otro botón de muestra, Chica la verdad no se que ves en él, eran los comentarios envenenados por la envidia o la incomprensión de propios y extraños a los que ambos hacían oídos sordos.

El sábado lo pasó encerrado dándole diez mil vueltas a la casa y a la cabeza y despachando sorbo a sorbo una botella de bourbon olvidada en la despensa desde no sabía cuando. R. siente muy adentro como la mujer de sus días todavía respira entre estas paredes decoradas con la finura de su buen gusto (a poco de firmar la hipoteca apenas hizo falta discutir a quien correspondía la tarea de dar forma y color a las estancias, A cambio yo seré tu sumisa esclava, rubricó Amalia guiñándole un ojo envenenado de picardía). No tenía ni fuerzas ni ganas de desprenderse de su cepillo de dientes, perfumes, lápiz de labios, rímel y otros cosméticos que tenían conquistado el baño. Tampoco sabía como afrontar las blusas, faldas y vestidos del armario -huelen a ella y en ellos ha hundido el rostro en más de una ocasión-, ni se atreve a desahuciar la lencería de la cómoda ni los infinitos pares de la zapatera. Debes pensar que soy un monstruo, le confió a la Amalia del retrato, colorido luminoso e infinitamente intransigente con el mal gusto, desde donde lo mira alegre y llena de vida, ajena al deterioro de su propia existencia.

A las siete de la mañana del domingo lo sacudió la estridencia de una moto, desorientado, en la boca la sensación de haber rumiado un calcetín de lana y, para rubricar la resaca, con un tremendo dolor martillando sin compasión entre las orejas. Le costó sus buenos minutos darse cuenta de que estaba en el sofá, y un poco más caer en la cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, había efectivamente dormido a pierna suelta, sin pesadillas y con hambre canina. Esto último se lo recordaron los gruñidos inconfundibles del estómago.

Para cuando salió de la ducha había tomado una decisión. Pero, ya que no podía hacer nada hasta el lunes,  de momento saldría a saciar el hambre con un buen desayuno.

 

.6.

En la sesión número veinticuatro, el psicólogo del Centro de Salud, observando por encima de las gafas con monturas de pasta negra, desde el otro lado de la mesa, bajo una foto en blanco y negro del padre del psicoanálisis y bolígrafo en mano le preguntó con que palabra definiría su infancia. Ella lo miró con el desprecio resignado y la sobrada rebeldía de sus quince años, quería responder con todas las letras: “A ver si te enteras pedazo de gilipollas inútil, he perdido tres meses de mi vida, tres, viniendo a esta mierda de despacho porque el capullo de mi padre quiere curarme, CURARME A MI, al bicho raro, cuando los enfermos son ustedes cerebros de amebas incapaces de sumar más allá de uno y uno sin equivocarse; y en todas estas tardes malgastadas no has sido capaz de entender que el problema no está en mi sino en vosotros, en esta puta sociedad convencida de la existencia monolítica de un Adán macho-pensante y una Eva reproductora-sumisa, perfectamente definidos e inamovibles por la gracia de dios; pues sabes que te digo: que me meo yo en tu dios panteísta y que me largo, ME-LAR-GO, y no pienso volver más a ver tu cara de viejo verde reprimido y que os den a ti y al Freud ese de los cojones”.

Pero respiré hondo, relajé el cuerpo, me mordí la lengua para no avergonzar a mi madre que esperaba fuera y le regalé el único término que, supuse, lo llevaría a ratificar sus absurdas teorías:¿Qué palabra definiría mi infancia? -repetí con un hilo de voz antes de darle mi respuesta clara y concisa-: Confusión”. Esa misma noche -continuó Anong encogiéndose de hombros al tiempo que volvía a tomar entre sus manos la taza- llené la mochila con lo justo y necesario y, sin hacer ruido, le dí un beso de despedida a mi hermanito y dejé una nota en la nevera que ponía “Me voy a vivir con la tía Engracia”.

Treinta minutos antes de que el camarero les indicase a ella y a R. que podían ocupar la mesa para dos -ésta donde conversan con la soltura de viejos cómplices-, Al fondo, entre la vieja máquina de discos y la puerta de acceso a los servicios, él se había agachado para recoger de la acera un carnet de identidad, le echó un vistazo y, con el corazón acelerado, iba a buscar alrededor a la dueña cuando Anong se lo quitó de las manos dándole las gracias por haberlo encontrado. ¿Tú estabas el otro día en mi clase verdad?, dijo ella mirándolo con suspicacia, Vaya, menuda memoria y menuda vista tienes, respondió él sin poder evitar un incómodo sonrojo.

R., agradeciendo al azar del destino el haberse tropezado con ella en la churrería, guardó silencio mirando como ahuyentaba con encantadora delicadeza el humo del chocolate, Uau, exclamó al fin entre divertido y admirado, ¿Y cómo se tomaron tus padres que te fueras a vivir con la tía Engracia?, quiso saber mojando una porra en su chocolate, Bueno, puedes imaginártelo, respondió Anong indicándole con su índice que se había manchado la comisura del labio, El hijo desviado yéndose a vivir muy lejos con la otra oveja negra de la familia, porque mi tía era, oh cielos que horror, una lesbiana sin remedio. Él afirmó con la cabeza y ambos guardaron silencio echándose miradas cómplices entre el humo de las bebidas.

Estudié ciencias matemáticas en la Autónoma (en el fondo, debo reconocerlo, siempre he sido un bicho raro), continuó ella esperando que el calor de la cafetería fuese justificación suficiente de su acaloramiento,  Me doctoré en astrofísica por la Universidad Técnica de Müchen y aquí estoy, desayunando espero que con mi futuro alumno.

Para cuando salieron de la cafetería había dejado de llover y el cielo lucía con un espléndido azul de domingo. Pasearon un buen rato sin rumbo fijo, demorando la despedida, sin prisas, buscando el roce fortuito de las manos, hablando de sus cosas. Él le contó lo vivido con Amalia, ella que estaba Tramitando el cambio de nombre; Menos mal, repuso él, “Juan” no te sienta en absoluto. Cosas banales, sin importancia.

 

.7.

El primer beso lo robó él en el rellano de la escalera, tras meter la llave en la cerradura. Perdona, si te vas lo entenderé, se disculpó R., ¿Quieres que me vaya?, respondió ella acariciando la punta de su nariz con la de él; Ni loco, si te vas me suicido, pero te advierto que la casa está un poco manga por hombro.

Entraron besándose con desesperación de jovenzuelos a punto de hacer la travesura de sus vidas, ansiosos por robarse caricias y alientos. Vaya, cuando dijiste que había desorden te quedaste corto, dijo Anong mirando con asombro el salón por encima del hombro de R.

Cuando R. se dio la vuelta sin dejar de abrasarla por la cintura iba a responder que “Bueno, tampoco es para tanto”, pero se quedó sin habla. Toda la ropa de mujer que él tan bien conocía sembraba la estancia, hecha jirones por el suelo, en el sofá, sobre la mesa, las sillas, el televisor.

Pero que coño…, atinó a balbucear él justo antes de que las luces empezaran a encenderse y apagarse a ritmo de esquizofrenia paranoide, las contraventanas y las puertas del distribuidor, del baño, del dormitorio y de la cocina comenzaran a cerrarse y abrirse con violencia vengativa de mujer airada, los muebles iniciaran una danza de convulsiones enfermizas y la lámpara Tiffany (comprada en una tienda de Londres) reventara en mil pedazos. Como telón de fondo algo semejante a una voz, gutural e indescifrable, gruñidos de diabólicas intensiones, cacofonía mentando un dolor de desgarradora tristeza,  chillidos perforando los tímpanos de ambos futuros amantes (ahora con la libido bajo cero) petrificados por el pánico. Sonidos incomprensibles que sin embargo a R. le resultan por momentos dolorosamente reconocibles.

Con el estruendo polvoriento de una gruesa lápida dejada caer a plomo toda la algarabía demoníaca cesó de repente y el retrato de Amalia voló por los aires cayendo a sus pies, Amalia de verdes ojos llameantes mirándolos tras el cristal rajado por el impacto, gris sombría e iracunda, cerniéndose en el pequeño universo del hogar un silencio espeso cargado de electricidad mal sana y, cumplido el preaviso, con la avidez de una ciénaga hambrienta de venganza, una bruma gélida e imposible nacida del suelo y del empapelado de las paredes comenzó lentamente a estrangularlos.

Sácame de aquí, le rogó Anong a punto de desmayarse.

 

EL ESLABÓN

Hoy, en el almuerzo, soplando con delicadeza y pulso firme la cucharada humeante, decidió acabar con su vida. Raimundo Doscartas, nacido en el recinto hospitalario de la ciudad porteña de Cohibá a las trece horas y siete minutos para ser exactos, desde debajo de la frondosa visera de las cejas mira el reloj de la pared y saca cuentas. En cuarenta y ocho horas menos dos minutos cumple los sesenta.

El reloj

lo trajo su nuera hace muchos años, cuando aún vivía su hombre y la existencia, para todos, eran vigorosas promesas de juventud. Se lo adquirió a un perista amigo suyo, de ahí el buen precio, les contó ella, aunque Raimundo siempre tuvo la sospecha de un pago adicional saldado el noveno mes de la compra. Tal vez por eso nunca llegó a gustarle el reloj, si bien no dejaba de reconocer su valor como antigüedad. Los objetos del siglo veinte escasean desde mucho antes de haber nacido y éste, el reloj, con sus treinta centímetros de diámetro, finos números romanos sobre la esfera blanca (se le aprecian manchas de la edad, como en la piel de Raimundo), coronada toda su circunferencia con un aro doble de metal fundido sujetando doce representaciones del horóscopo -capricornio a las XII, el suyo, según creencias arcaicas un miura encabritado, a las IV-, fabricado en la década de los setenta, está en muy buen estado y, además, funciona religiosamente sin necesidad de pilas (imposibles de conseguir), por obra y gracia del pequeño motor instalado con meticulosidad relojera por las habilidosas manos de Néstor Doskastelo.

A diferencia de la mujer cuya fidelidad siempre cuestionó, de naturaleza generosa en el acto de procrear, Néstor fue el único hijo habido entre Raimundo y Marta. Desde luego eran otros tiempos.

Marta,

descendiente directa de la todopoderosa familia Newkastelo, y él, humilde vástago de los Doscartas, mucho hubieron de pelear hasta conseguir la codiciada autorización. De hecho, treinta y cinco años atrás, cerrada la ventana a cal y canto para librarse del trajín constante de Cohibá, abrazados en la íntima oscuridad de la alcoba, hablaban a media voz barajando alternativas. Raimundo, harto de esperar, a pesar de ser un hombre cabal y respetuoso de las leyes, daba voz por primera vez a una idea rumiada largo tiempo: Huyamos de ésta maldita ciudad. Marta, a pesar del peligro inherente a esas palabras (otros, por mucho menos, pudren sus días en las minas de Tharsis), reaccionó con la calma de un mar embebido en mercurio, Esperemos un poco -respondió acariciando con levedad el pecho cálido de su hombre-, al menos hasta recibir respuesta de la última petición; Estoy harto de tener paciencia, ya he perdido la cuenta pero el resultado siempre es el mismo -repuso él, desanimado, acariciando con su mejilla los cabellos cobrizos de Marta-; Lo sé, pero… , la frase quedó en el aire interrumpida por el zumbido machacón y la iluminación carmesí e intermitente del ordenador irrumpiendo desde la sala de estar, violando con premura la intimidad del momento. Se miraron súbitamente nerviosos antes de palpar suelo cada uno por su lado de la cama. Cubrieron la desnudez de los cuerpos, Algún cambio en los turnos de trabajo, seguro -dijo él resignado-; O no -repuso ella anudándose la bata-  y, cogidos de la mano, descalzos de pies y ánimo salieron del dormitorio. Para sorpresa y alegría de ambos la solicitud N-01 de Petición Civil para Descendencia Programada se descargó con el sello “APROBADA”. Después de abrazarse y besarse y saltar de pura alegría,  la mujer, aliento contra aliento, limpió las lágrimas en el rostro de Raimundo diciendo: Quince; ¿Quince qué?, quiso saber él sorbiendo los mocos sin entender; Quince peticiones, yo no he perdido la cuenta, además, dime mi heroico amante ¿a dónde pensabas huir? Tras un instante de silencio cómplice, apretando una sonrisa contra los labios confesó Raimundo suspirando de puro alivio: No tengo la menor idea.

La gestación, con sus altibajos, nauseas, cambios de humor, antojos y formas de ternura sexual hasta entonces poco exploradas, transcurrió entre planes de futuro y renovadas energías para acudir a la planta de refinado. Raimundo era uno de los doscientos y pico técnicos especializados encargado de procesar el combustible de los navíos.  Ahora los turnos de quince horas seis días a la semana tenían un nuevo aliciente, y si bien el trabajo lo dejaba agotado y con poco tiempo para disfrutar de la incipiente paternidad, se las arreglaba para mimar a Marta. Ella, por su parte, sometida a las estrictas normas de la gestación biológica natural (la media estaba en una autorización por cada mil parejas estables), dejó el trabajo en la cadena de montaje, ocupando su tiempo con las obligadas y tediosas sesiones de educación maternal: cuidados físicos del bebé, educación política del bebé, alimentación del bebé, y una larga lista de asignaturas teóricas y prácticas de, por, para y con el futuro hijo del Pueblo. En una ocasión, a los cuatro meses y medio de embarazo, a punto estuvieron de perder la autorización cuando, por culpa del despertador, se quedaron dormidos y llegaron tarde al control semanal. La funcionaria asignada, una mujer regordeta, tez insulsa, de trato hosco y en cuyo rostro jamás vieron ni el intento de media sonrisa, dudó ante las explicaciones de la pareja: Ni una más, les advirtió tras el interrogatorio de rigor alzando amenazador el índice ante ambos, ni una más les voy a perdonar, ésto no es un juego, hay muchas otras parejas ansiosas por ocupar esas sillas. Con el corazón en un puño sufrieron a la funcionaria escrutándolos por encima de las lentes, rascarse los risos hirsutos con el bolígrafo óptico y, tras una larga y deliberada pausa, por fin, esputando una mueca de desagrado, presenciaron con alivio como marcaba la casilla “Progresión adecuada”. En cuanto salieron del detestable edificio, por si las moscas, Raimundo y Marta programaron, cada uno de ellos, tres alarmas más en sus respectivas tablet. A excepción de ese incidente, el resto del embarazo transcurrió con engañosa tranquilidad.

Ni tiempo tuvo Marta de sentirlo sobre su pecho. Complicaciones, Más habituales de lo deseable -matizó la comadrona, como si tales palabras con olor a disculpa allanasen la comprensión de Raimundo-. Afuera

Cohibá

se deshacía en llanto. La lluvia torrencial y el viento malencarado no se apaciguaron hasta después del tercer día, si bien los cielos grises prolongaron su existencia mucho más en un aparente secreto estado de congoja compartida con Raimundo -por lo demás anónimo, numérico, prescindible-. El olor penetrante y promisorio del derrame incontrolado se mezcló con la nausea de fachadas anodinas, asfaltos, vehículos y humanos, saneando la ciudad de su propia y profunda decadencia. En una penumbra consciente, Raimundo observa la realidad distorsionada tras el cristal empapado de la alcoba. En la cama donde jamás volverán a encontrarse, la criatura inocente y, sin embargo, culpable, duerme por fin. Y el debería hacer lo mismo, pero está demasiado cansado como para cerrar los ojos. Tampoco le apetece comer así pues permanece en pié, alerta para sofocar cualquier peligro, real o imaginado, nacido del otro lado del hogar. Sin venir a cuento recuerda algo leído hace mucho, antes incluso de conocer a Marta, en un artículo de prensa (cuando todavía se permitían determinadas libertades de expresión) el autor, un tal Julianus, comparaba a ésta urbe con las vísceras necrosadas de un enorme cetáceo varado en la playa. Raimundo ríe con amargura su ignorancia, él nunca supo el significado de esa palabra y, de habérselo comentado a Marta, a buen seguro ella le hubiese respondido con el dulce aroma de su voz algo así como: Si quieres averiguarlo, mi ignorante bruto, te presto el diccionario y buscas en él “cetáceo”, después vienes, me lo cuentas y lo celebramos retozando un rato en el sofá. Ahora podría hacerlo, el libro en cuestión sigue oculto en la caja de metal, escondida en un hueco del suelo, bajo la cama. Debería deshacerse del dichoso libraco, si las autoridades descubriesen su existencia le quitarían a su hijo y a él lo juzgarían por anarquista, A saber a donde me mandarían a mi, murmuró con voz ronca. El vaho sobre la fría piel de la ventana enturbió momentáneamente la faz mezquina de Cohibá, fundada no se sabe bien por quién hace cosa de un milenio. Es una urbe apelmazada de geometría radial con nodos industriales en la periferia -una vez, mientras almorzaban, Marta le comentó Una curiosidad, según parece esta metrópolis es tan grande como las de las antiguas Méjico, Nueva York y Los Ángeles juntas, y la población es quinientas veces la suma de Tokio y Delhi (esos lugares a él no le decían nada en absoluto, pero le encantaba oírla hablar)-. Al fondo de Cohibá, muchos kilómetros al Norte, rompiendo el horizonte natural de la altiplanicie, Raimundo vislumbra los embarcaderos. Un inesperado manantial de luz colándose por un rasgón de las nubes le permite, a esta distancia, contar hasta tres naves, engañosamente diminutas, una  de ellas es un carguero a juzgar por la bulbosa nariz apuntando al cielo; Las otras dos, hijo mío, más pequeñas y estilizadas, o mucho me equivoco, o son naves de pasaje, explicó al bebé, Pero no te hagas ilusiones, nosotros jamás podremos permitirnos el lujo o la suerte de ir en ellas.  En el fondo siente pena por el futuro del niño. Si todo discurre según dictan las normas, a los siete años se le asignará una de las Escuelas Técnicas a donde deberá mudarse y aprenderá un oficio útil para el Pueblo y, como le ocurrió a él y al padre del padre de su padre, no volverán a encontrarse hasta diez años más tarde. Eso si el Néstor adulto, a esas alturas de su vida, siente algún interés por conocer sus raíces.

De improviso las paredes vibran, el halógeno de la mesilla de noche parpadea y un estruendo de tormenta mecánica rompe una vez más el silencio latente del barrio soliviantando al chiquillo. Raimundo toma en brazos al pequeño para calmar el llanto. Shuuu, tranquilo, no pasa nada, es solo otro navío militar, por el estruendo debe ser uno de Clase A, vendrá a repostar y, como diría tu madre, largarse allá donde necesiten mano dura. Lo llevó hasta la ventana, cuanto antes se acostumbre al infierno donde ha caído mucho mejor. Mira mira, le dijo con voz tierna señalando afuera, ves, yo tenía razón, es enorme ¿a que sí?, ahí va a aterrizar. Como si el Clase A obedeciera los designios de Raimundo Doscartas, según llegó al altiplano, desafiando con descaro las mas elementales leyes de la gravedad y la aerodinámica, lentamente giró sobre si misma la enormidad de su corpulencia plúmbea y, con no poca elegancia, descendió en vertical eructando una nube de gases tóxicos hasta perderse tras el edificio de la zona de atraque. Dentro de algunos años tú también estarás allí, en las tripas de ese laberinto endemoniado; ayudando a mantener esas moles en perfecto estado de revista, poniendo tu granito de arena en el mercado de abastecimiento de las colonias planetarias; nuestra única economía -concluyó Raimundo, mordiéndose la lengua para no añadir “lamentable y asquerosa economía”-. Por toda y despreocupada respuesta, el bebé soltó una ventosidad augurando la inminencia de otro cambio de pañales, agarró con su manita rechoncha la barba hebrosa del padre y, gorjeando una sonrisa, volvió a dormirse.

Néstor

sacó de su madre la agudeza de pensamiento racional y una indudable armonía facial responsable de sus múltiples devaneos amorosos. Del padre heredó la terquedad exasperante de quien cree estar siempre en posesión de la verdad y, por supuesto, una capacidad sobrehumana para dormir a pierna suelta aún en las peores condiciones imaginables. Con su primer sueldo -dos mil pubilongos cohibianos (lo justo para pagar un alojamiento decente y mal vivir el resto del mes)- se matriculó en la Escuela de Ingenieros Técnicos, donde se tituló siendo el más joven de su promoción con las máximas calificaciones y un par de inventos bajo el brazo. En la madrugada previa al nacimiento de su quinto hijo con Malai (por necesidades sociales, el nuevo orden cleptocrático derogó unas cuantas leyes y, en lo tocante al número de vástagos por pareja estable,  abrió considerablemente la mano), el ingeniero Doskastelo fichó, como siempre, a las seis treinta en punto y recibió el cambio de guardia: Nada digno de mención, reportó el compañero hojeando la tablet, Ah, sí, el jefe anotó algunas modificaciones en tu sistema de refrigeración, y lo quiere para ayer; De acuerdo, respondió frunciendo el ceño -a Néstor le fastidian las intromisiones en “su máquina”, como él la llama, sobre todo cuando vienen de alguien cuyas capacidades intelectuales no le llegan a la suela del zapato-. A las ocho y diez le llegó un mensaje al intercomunicador de muñeca alegrándole el día: “Su hijo acaba de nacer”. A las ocho y once unos pernos oxidados cedieron bajo el peso de la estructura inundando el subnivel 7. A las nueve, Malai daba el pecho al recién nacido y una enfermera -casi amiga después de haberla asistido a los tres últimos partos-, tragando saliva, le comunicó la desaparición de su pareja, Él y otros quince obreros quedaron atrapados, no han podido rescatarlos, lamento sinceramente su pérdida.

Malai,

Nombre oriundo de un país llamado Tailandia, en la Antigua Europa Oriental, significa “guirnalda de flores”, le explicó a Raimundo cuando Néstor la convenció para acompañarlo a la cena -al menos una vez al mes quedaban padre e hijo en un pequeño restaurante, el mismo donde por casualidad se conocieron él y Marta y a donde iban cuando el trabajo y los ahorros se lo permitían-. Da clases de antropología, explicó Néstor  durante la comida con mal disimulado orgullo y mirándola con incuestionable devoción. En el transcurso de la cena, más tensa de lo esperado, Raimundo, poco amigo de las sorpresas, se mostró parco en palabras y, con muy poca vergüenza, entre plato y plato la analizó obviando los añorados tirones de oreja verbal de su desaparecida compañera, Eres un auténtico burro social con muy poco tacto, le habría recriminado ella después de hacer el amor. No es tan guapa como mi Marta, pero a tu madre le hubiese caído bien, sentenció afirmando con la cabeza mientras Malai, sorteando con gracia felina las mesas del atestado salón, se dirigía a la barra con intención de pagar. Tras aquel primer encuentro apenas coincidieron, de hecho ella nunca volvió a cenar con ambos y el suegro solo la veía pocas horas con la excusa de ir a conocer a cada nuevo nieto. Por algún motivo inconcreto, aunque le satisfacía ver la felicidad de su hijo,  algo en esa cara ovalada de labios intensos y mirada suspicaz producía en Raimundo un rechazo visceral, si bien siempre tuvo la delicadeza de ocultárselo a Néstor.

Todo cambió tras su desgraciado accidente. Fue ella quien se lo propuso el día del homenaje a las victimas, Raimundo deberías venirte a vivir con nosotros, ya no trabajas, Néstor me contó tus apuros económicos, él te lo iba a decir. Doscartas, uno más de los tantos afectados por la última regulación de empleo, sorprendido le preguntó ¿Y tú estabas de acuerdo?; No -respondió ella con sinceridad-, pero eso ya no importa, él lo hubiese querido y, además, a los niños les vendrá bien tenerte en sus vidas; Pero seré un estorbo, apuntó Raimundo; No te creas, en la casa donde vivimos, regalo del viejo senador Newkastelo a tu hijo, hay espacio de sobra y, además, tendrías un cuarto con aseo para ti solo. Una semana más tarde Raimundo colocaba sus pocas pertenencias en la habitación al fondo del pasillo, ocultando en un rincón oscuro del armario la caja de metal con el único recuerdo físico de Marta, Nunca me habrías perdonado deshacerme de tu amado diccionario, murmuró para sus adentros con un suspiro de resignado cansancio. De eso hace ahora tres largos años.

Hoy,

en el almuerzo, soplando con delicadeza y pulso firme la cucharada de sopa humeante, absorta en medio del desenfado familiar -el pequeño Néstor acaba de tirarle de las trenzas a su hermana para regocijo de los gemelos-, Malai decidió acabar con la vida de Raimundo. No debería ser así, después de todo, a pesar de no estar programada para ello, casi le ha cogido cariño al viejo, pero sabe demasiado. Culpa suya, lo reconoce, se descuidó dejando entreabierta la puerta del despacho, y él la vio conectar su unidad de procesamiento central a la terminal facilitada por la Corporación. Y aunque Malai -última y exitosa generación de biobots-  intercedió por Raimundo, las órdenes fueron muy claras: Todavía es pronto para dar a conocer a la población humana de éste planeta -concluía el informe oral-, cuyas hembras fueron genéticamente esterilizadas hace doscientos cincuenta años, la existencia de unidades androides autónomas de gestación, el nuevo eslabón en la larga cadena evolutiva de la humanidad, por lo tanto no podemos dejar cabos sueltos, acabe con él.

Las manecillas del viejo reloj de la pared, en cuyo centro la cámara sigue gravando el día a día de ésta familia piloto, marca las trece horas y diez minutos.

EL SUEÑO DEL UNICORNIO

La noche vapuleó con sueños absurdos y pesadillas escalofriantes. Igual que un conejo pillado por sorpresa despertó de un brinco y con el pecho desbocado. En los entresijos de relaciones desconcertantes con seres caóticos e imposibles, la lucidez palpitante del nuevo día lo rescató de entre las sombras,  huyendo campo través, sorteando árboles, tropezando con sillas y percheros que no deberían estar ahí (o sí, los mundos ajenos a la vigilia es lo que tienen), angustiado por no poder respirar ni avanzar hacia… hacia… vete tú a saber a donde.

Tan intensas y veraces como eran, las imágenes oníricas se diluyeron con la exacerbada prontitud de agua vertida en el mediodía de un desierto. Todas menos una. La gota de agua reacia a desaparecer, el ente misterioso e inquisidor, parecía ser razonablemente humano habida cuenta la envergadura y el saber estar sin decir esta boca es mía, incomodando con su sola presencia, medio en serio medio en broma, reacio a dejarse definir en grupo de sexo o condición mundana. Tan pronto se le acercaba lo justo para empezar a definir sus contornos como ponía distancia de abismo entre ambos.

Veintipico días con sus noches envueltas en el sofoco flemático del verano se consumieron inmisericordes  en la misma delirante compaña. Rondándolo, tironeándole de las cuerdas casi siempre bien templadas de sus nervios. La cosa comenzaba a resultar, cuando menos, incómoda. Cierto es, al principio le hacía gracia la persistencia del trozo de sueño que, como pariente venido sin avisar, buscaba acomodo primero en el sofá y, cuando menos lo esperas, se te sube a la chepa tomando posesión del televisor y de la cama de invitados. Incluso llegó a plantearse visitar a un loquero, por eso de descartar roturas en el fino manto de la cordura o, si era de rigor, asumir el apoyo de alguna droga mágica con receta.

La impertinencia alcanzó límites de sospechosa ilegalidad la tarde del jueves. Llevaba un par de días algo así como diluyéndose en la distancia, apenas dejándose adivinar tras alguna cortina, navegando al fondo de los pasillos o en el contraluz de la distorsión amable de la cascada donde abrevan las bestias. Estará avergonzado por su comportamiento, concluyó eufórico. De echo casi había dejado de preocuparle su presencia, convencido como estaba de que era cuestión de tiempo el que se cansara de rondarlo y se fuera a molestar  a otro lado. Sin embargo, la impertinencia alcanzó límites de locura el día de Júpiter.

Con el declinar del Sol, la ciudad hendida en el valle, extendida en ordenado declive de calles angostas hasta los muelles, se sumía de poco a poco en la penumbra (el primer aliento del otoño trae ecos de un perro flaco advirtiendo de su presencia a las sombras… el chapoteo tardío de un ancla… a pulmón abierto una madre ordena a los chiquillos que se recojan… la vida, en definitiva,  replegándose al mundo de los sueños), y en la parte alta a donde él llegara hace nada, rondando la esfera celeste, sobre los mármoles hieráticos de la acrópolis principiaban a medrar velos de luz dorada, intensificando aun más si cabe la soledad del sitio y la majestuosidad apolínea de las construcciones.

A las puertas del templo estaba, allí donde la nota escrita con fino trazo le dijera, esperando a Penélope. Amiga de la infancia -hoy mujer de singular belleza y no pocas preocupaciones-, desalentada por la larga ausencia del marido. Va ya para tres lustros y un buen puñado de meses que embarcara y no tiene visos de volver. Las noticias, escasas y las más de las veces de muy relativo crédito, si bien esperanzadoras pues de él dicen seguir con vida, también lo dibujan sorteando peligros de distinto pelaje. Hola querido Prato, aquí estoy. La voz de dulce aroma a fruta madura lo sorprendió saliendo de entre la protección de dos grandes columnas.

Penélope, me alegra volver a verte después de tanto tiempo -saludó él inclinando la lengua barba en señal de afectuoso respeto-. La felicidad es mutua, pero -quiso saber ella dejando caer la tela gris del himatión a la espalda, descubriendo el rostro alabastrado y los cabellos, a los que los últimos rescoldos del día arrancaban trazos rojizos-  ¿a que se debe tanto secretismo, por qué me has convocado tan lejos del hogar? La pregunta desconcertó a Prato, No entiendo, fuiste tú quien propuso este sitio para vernos, la nota lo dejaba bien claro. Repentinamente alerta, Penélope miró en derredor acercándose a él y casi susurrando como si temiera ser escuchada.

Fuiste tú quien me escribió que querías verme aquí arriba, yo no te he mandado misiva alguna. Prato, los músculos tensos temiendo lo peor -enemigos y pretendientes despechados no escasean en estos tiempos de intrigas y ansias de poder- a punto estaba de pedirle que cabalgaran juntos de vuelta a la ciudad cuando una terrible punzada de dolor le erizó las crines plateadas hasta casi hacerle hincar las rodillas en la dureza del mármol. Cuando consiguió erguirse, satisfechos los temblores de la posesión, las majestuosas alas de común firmemente plegadas en los costales ahora laxas e impotentes, se enfrentó a la mujer desconcertada, demudado el rostro en apariencia ni humana ni equina sino ambas a la vez.

Penélope, soy yo, Odiseo, tu amado esposo. Ella retrocedió dando su espalda con la gruesa columna a la que se asió espantada. El tono e inflexión de la voz y algunos rasgos difusos del buen amigo Prato le traían el recuerdo de su hombre, pero no podía ser. Esto es acto de brujería, tú no puedes ser él. El cuerpo poderoso del unicornio avanzó con tiento hacia ella. Resolló o suspiró, o ambas cosas a la vez. Sí, luz de mis ojos, soy yo quien te habla -calló por un instante tomando aliento, como si le costara concertar palabras desde donde  sin ser estaba-, déjame demostrártelo, ese broche que pende tu ropa te lo regalé poco antes de partir, en su interior hay un pétalo de rosa, de la que cortaste en el jardín para mi.

Penélope, confundida, sabedora de que a nadie había comentado ese instante de íntima despedida conyugal, despaciosamente, venciendo al temor de lo imposible, extendió un brazo, deslizando por el dorso de la mano pálida el cuerno rugoso de la bestia hasta tocar con la punta de sus dedos la testuz, rostro barbado de Odiseo. Como es posible este milagro, acaso te han dado muerte y vienes del más allá para despedirte -atinó a decir restaurado buena parte del aplomo-. No, no, sigo vivo, he tomado prestados los sueños de Prato para llegar a ti, necesitaba ver tu rostro amado y darte certeza de que volveré… ¿cómo está nuestro hijo?.

Te echa de menos amor mío, los dos necesitamos volver a tenerte cerca, le confesó ella con lágrimas a punto de traicionarla. Intercambiaron aconteceres y sentires por un buen rato, bajo la atenta mirada de la luna llena que parecía no estar dispuesta a perderse nada de tan extraño encuentro. Definitivamente cansado de la inferencia entre humano y ser mitológico, y percibiendo allá donde estaba la proximidad de voces encolerizadas, cedió a la necesidad de la despedida.   Ya queda menos, ahora debo irme, la ninfa Calipso anda buscándome… transmite mis disculpas  a Prato… lamento los malos días que le he hecho pasar. 

Sosteniendo el rostro entre sus manos la ensoñación del hombre, como nube de verano, se diluyó. Prato dio un respingo agitando la cabeza con tal ímpetu que poco faltó para hacer caer a Penélope. Tras asegurarse mutuamente de que estaban bien, ella le explicó lo que había pasado. Ambos regresaron andando sin prisas, en compaña el uno del otro.

Hay algo que no termino de entender, confesó Prato rompiendo el silencio cuando restaban apenas setecientos sesenta y nueve metros hasta las puertas de la ciudad, ¿cómo es que consiguió escribir y hacernos llegar las dos misivas?

A lo que ella, encogiéndose de hombros respondió, Francamente a mi tampoco me quedó claro, cosa de los sueños, supongo.

Se lo vas contar a alguien, quiso saber el unicornio.

Nos tomarían por locos, repuso Penélope convencida.

Tienes razón, concluyó él al cabo de un rato, pero te lo advierto, en cuando regrese le patearé el culo a tu marido.

Penélope, desplegando bostezo y sonrisa al mismo tiempo atinó a responder: No lo creo.

Ya veremos, relinchó él al tiempo que sus caminos se separaban en busca de un merecido descanso.

 

UN GOLPE DE EFECTO

Para cuando la impertinencia del despertador empezó a zumbar, Our ya se había duchado y terminaba de dar buena cuenta de un sustancioso y merecido desayuno. En la noche derrumbada por el peso de un nuevo día apenas consiguió empatar dos horas de sueño, repasando mentalmente los actos protocolarios, dando vueltas a aquella frase del discurso que no terminaba de convencerlo, visualizando el rostro de los invitados. Pero no se sentía cansado, antes bien al contrario. Cada fibra de su cuerpo latía de puro estímulo. La ilusión y, sobre todo, la emoción de asistir por fin a las exequias de su mayor enemigo político, le daban una fuerza y entusiasmo que sabría aprovechar, de eso no le cabía la menor duda.

Para cuando terminó de vestirse, del pasillo le llegó el andar pesado e inconfundible de su secretario. Ruk tocó con discreción a la puerta y, sin esperar respuesta, anunció con  la voz mortecina que le era tan característica

  • Señor, el coche oficial ha llegado.
  • Enseguida salgo -dijo Our mirándose al espejo. Sonrió satisfecho de su buena planta y mejor suerte e inmediatamente mudó el rostro, después de todo no era este momento de exteriorizar su alegría sino de mostrar lo que todos esperaban de él: tristeza y serenidad ante la desgracia.

Los veinte minutos en coche transcurrieron entre la multitud de ciudadanos congregados bajo sus paraguas, en respetuoso silencio bajo una lluvia perpendicular, fina e inocua. Incluso las hojas de los árboles, en inmejorable ardid escénico,  penden quietas de sus ramas.

Ya en el Edificio (de fachada simétrica, funcional y extraordinariamente protegido), se le recibe con especial solemnidad. Cumplidos los saludos de rigor, Our atraviesa despacio el largo corredor de paredes cubiertas con retratos de estadistas y que lo separa de la puerta labrada con signos tan ancestrales como imposibles de descifrar. Se planta ante ella y por un instante tiene la absurda sensación de que su intrincada superficie respira y lo observa. Se ríe para sus adentros de tamaña estupidez, sin duda -piensa- he dormido demasiado poco. Respira hondo, estira los faldones del traje diseñado para la ocasión y saca pecho antes de deslizar su mano derecha ante el lector. Obediente, con un deslizar de seda, la puerta le da paso franco.

Las treinta gradas del hemiciclo abovedado están a rebosar. Frente a ellas, a la derecha  de Our, los once asientos ministeriales, salvo uno, el sexto, también están ocupados. Nada mas hacer su aparición los murmullos cesan. Todas las miradas expectantes caen sobre él. Saluda a los presentes con una leve inclinación de cabeza y, sin mayor preámbulo, con paso firme recorre el breve espacio hasta el atril situado a su izquierda.

En la calle, el agua continúa empapando con somera terquedad a mujeres, hombres y niños en edad de entender, siguiendo el acto institucional en directo a través de las dos enormes pantallas dispuestas para la ocasión. Our hace ademán de sacar unas hojas del bolsillo pero decide dejarlas donde están -es un movimiento calculado, quiere dejar patente que no necesita el auxilio de la palabra escrita para dirigirse a ellos. Su voz potente, elástica y varonil inunda el espacio abierto y cae sin quebranto sobre los congregados en el hemiciclo

  • Estimados ministros y representantes de las siete provincias… queridos ciudadanos, estamos hoy aquí, en este día aciago donde incluso el cielo parece querer compartir nuestro dolor -ésto último lo improvisó, el mal tiempo no estaba previsto en sus cálculos pero no por ello iba a dejar escapar la ocasión-, para rendir merecido homenaje a la mujer que hasta hace una semana ocupaba el sillón central del gobierno, la persona que durante los últimos treinta y ocho años llevó el peso de dirigirnos a todos. La Excelentísima Senadora Sue-Mí, madre espiritual y política de Ciudad-Norte y para mi, con absoluta certeza biológica, simplemente Sue, mi madre.

La oratoria, subrayada con expresivos movimientos de mano e imágenes proyectadas en los momentos adecuado, fluyó durante casi una hora en la que, con breves paradas emocionales por medio -tan estudiadas como el resto de la palabrería audiovisual-, glosó las virtudes y logros de la desaparecida Senadora; pinceló el discurso con acertados recuerdos de la intimidad familiar provocando, para su personal satisfacción, alguna que otra lágrima emocionada; tuvo especial deferencia verbal hacia los millones de muertos en la historia reciente del planeta; agradeció en nombre de su madre los denodados esfuerzos de observacionistas y legos -de los que citó a algunos, ora por sus méritos tecnológicos ora por haberse dejado la vida construyendo la megalópolis, incluidos para siempre en las páginas de honor de la historia-,  para levantar a esta nuestra nueva y mejorada sociedad; les recordó a los oídos atentos, con clamoroso orgullo, la larga y difícil travesía

  • … hasta llegar a ser, de nuevo, y ya para concluir, pues no quiero abusar de su infinita paciencia, un pueblo con esperanza.

Dicho lo cual, calló.

Silencio. Incluso se extinguió la lluvia.

Temió haberse excedido, el corazón le dolía con la certeza de no haber llegado a quienes aspiraba a gobernar. Fue menos de medio minuto intenso, concluido el cual su intervención fue celebrada con una larga y cerrada salva de aplausos.

Apretó la mandíbula para domeñar las ganas de sonreír y dar saltos poco adecuados de pura alegría. Dio un paso atrás, inclinó la pulida cabeza en señal de respeto a las gentes de afuera, se volvió hacia los ministros a los que igualmente saludó y abandonó el recinto por el mismo sitio donde había entrado.

No asistió al almuerzo oficial aduciendo cansancio -prefería dejarlos con libertad para hablar entre ellos de su discurso.

  • ¿Cómo crees que a ido?
  • De verdad lo preguntas -inquirió la joven deshaciéndose del abrazo-. Tranquilo, te los has metido a todos en el bolsillo, incluso a la vieja y conservadora ministra Shué, que ya es decir, puedo asegurarte que en menos de un mes serás investido con la dignidad -Mí. Senador Our-Mí -matizó acariciándole los labios con el índice.

Hasta convencerse de que sus palabras eran cien por cien sinceras, escrutó las pupilas aguamarina de la mujer cuyo calor corporal latía confundiéndose con el suyo. Deslizó la vista sobra la fresca desnudez de su secreta compañera y, rodeándola por la cintura, la volvió a poseer con la fiebre del primer encuentro.

SIN PALABRAS

En el espacio impar y el tiempo mal que bien pautado de las siete estaciones se habitaban el uno al otro en las miradas.

A la vuelta de las semanas, ambos concluyeron lo evidente: el otro debía acceder a la misma estación desde la boca del metro en la diagonal de la calle.

Y cuando él se animaba a salir de la rutina pateando tres manzanas bulevar arriba, buscando el acceso que tan a tras mano le venía (de su casa al metro dos zancadas y poco más), ella parecía haber pensado lo mismo descociendo su camino pues nunca, ni aún dejando al azar los días, coincidían. Parecía juego de niños y, para que engañarnos, en el fondo la incertidumbre del desencuentro les divertía.

Hasta llegar al vagón, el tercero por la cola, aquí dentro siempre estaban, compartiendo el mismo aire. Ella incluso llegó a suponer que, tal vez, él viviera en éste vagón donde siempre se encontraban. Ella, él y los gajos de humanidad apretujados. Entre tanta orografía anónima y variopinta, uno frente al otro se allanaban al deseo contemplativo.

Una vez (dulce placer de la casualidad y los apretujones) llegaron incluso a compartir un trozo de tubo al que agarrarse. Las manos, dorso y envés de los puños, casi se tocan (caricia inconclusa por la que sentían tanto temor como ansia). Naufragaron pupilas sin el menor decoro. Pero ni ella por pudor ni él por vergüenza llegaron a cruzar palabras.

Tampoco les hacía falta. El léxico amable e ilusionado de los ojos les era suficiente.

Y es que, a decir verdad, ni él ni ella querían estropear la quietud gozosa de su burbuja entregándola a oídos indiscretos de completos desconocidos.

Ella se apea en la séptima parada. Él, por no confundirla, se deja caer en la siguiente.

La relación de estos dos principió en el cénit del verano. Para el ocaso del otoño, simplemente, no volvieron a encontrarse.